La Conversión de San Pablo: de perseguidor a Apóstol



Viernes 23 de Enero, 2026



El poder transformador del encuentro con Cristo

Cada 25 de enero, la Iglesia celebra la Conversión de San Pablo, uno de los acontecimientos más decisivos de la Iglesia primitiva y un signo permanente de que la gracia de Dios puede transformar radicalmente la vida humana.

Antes de ser conocido como Pablo, su nombre era Saulo. Nació en Tarso, en una familia judía acomodada, era ciudadano romano. Desde joven se formó en la prestigiosa escuela rabínica de Gamaliel, donde recibió una sólida educación en la Ley y los Profetas, además de aprender el oficio de fabricante de tiendas, como dictaba la tradición judía.

Saulo era un fariseo convencido y celoso. Su formación, sumada a las influencias culturales judías, romanas y griegas, forjaron una personalidad fuerte, disciplinada y apasionada. Sin embargo, ese mismo celo lo llevó a convertirse en un férreo perseguidor de los primeros cristianos, a quienes consideraba una amenaza para la fe de Israel.

Convencido de que debía erradicar aquella nueva secta, Saulo pidió autorización al sumo sacerdote para arrestar a los cristianos de Damasco y llevarlos encadenados a Jerusalén. Pero fue precisamente en ese camino cuando su historia cambió para siempre. Cristo Resucitado se le apareció con gloria, lo derribó y lo dejó ciego, iniciando así una conversión tan profunda como inesperada.

A partir de ese encuentro, Saulo murió a su antigua vida y nació, mediante el bautismo, Pablo el “Apóstol de los gentiles”. Desde entonces, su vida quedó enteramente consagrada al anuncio del Evangelio, recorriendo ciudades, fundando comunidades y anunciando que la salvación es para todos.

¿Qué es la conversión?

La conversión de San Pablo nos recuerda que convertirse no es solo cambiar de conducta, sino dejarse transformar desde lo más profundo por Cristo.

Supone despojarnos de pensamientos, sentimientos y hábitos que se oponen al Evangelio, para revestirnos del hombre nuevo que es Jesús. Es un proceso que dura toda la vida, sostenido por la gracia de Dios y la libre respuesta del creyente.

En la figura de San Pablo, contemplamos con esperanza que nadie está definitivamente perdido y que el encuentro con Cristo vivo sigue teniendo hoy la fuerza de cambiar la historia personal y comunitaria de quienes se dejan alcanzar por Él.

 


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