Las multitudinarias Misas de Domingo de Ramos, celebradas el 29 de marzo, fueron signo de una comunidad deseosa de aclamar con el corazón al Jesucristo, nuestro Salvador.
La celebración comenzó con la bendición de los ramos y la procesión para recordar aquel momento en que Jesús entra en Jerusalén como un Rey humilde, montado en un asno, cumpliendo las antiguas profecías. Luego escuchamos la lectura de la Pasión, que anticipa el sufrimiento que vivirá Jesús en los días siguientes.
Nuestro párroco, padre Carlos Irarrázaval expresó en su homilía que “la cruz es una paradoja preciosa y por eso la llevamos al cuello y la trazamos muchas veces al día. Por amor el Señor dio su vida por mí. Es signo de amor radical y es signo de vida eterna”.
Por ello, pidió que podamos explicarlo con cariño a quienes no creen. “Que les podamos mostrar que a quien veneramos, recordamos y adoramos es a un Dios que nos ama y al que buscamos todos los días corresponder el amor. Que esta semana sea para eso, para darnos cuenta cuánto nos quiere y para renovar nuestro cariño a Él”, sostuvo.
En ese sentido insistió en que “no vayamos a dejar al Señor plantado. No vayamos a clamarlo un día y pisotearlo otro, que la liturgia de hoy día nos recuerda con dolor, con sus dos evangelios, esa realidad que a veces nos toca vivir y de la cual espero nos avergoncemos frente al espejo con nosotros mismos”, reflexionó el padre Carlos.
Recorramos cada día de Semana Santa con sentido, no nos quedemos en la superficie, descubramos que la entrega de Cristo es la medida más grande del amor.
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